
na nena de once años deja su pueblo natal, en el sur argentino, para hacer el ingreso a la escuela de ballet del Teatro Colón. Su madre la acompaña y lleva con ellas zapatillas de punta de la bailarina que hubiera querido ser. Se instalan en un dos ambientes céntrico, impersonal, al que no pueden llamar hogar, y se adaptan a las exigencias de la nueva vida. Juntas elaboran una "personalidad porteña" y se acomodan a la rutina del ballet, que se presenta como una máquina de prohibir: el desarrollo del cuerpo, el deseo, los sentimientos, cualquier sensación ajena a la perfección.
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