
A los 27 años, en horas, todo se detuvo, al despertar doce días después, mi guardapolvo blanco se transformó en la bata de una paciente siendo inquilina de mi propio cuerpo.
En la sangre no es solo un registro de supervivencia; es el testimonio íntimo de un «estetoscopio invertido» que explora experiencias inimaginables, la vulnerabilidad, pérdida de autonomía y la reconstrucción del ser. Entre prosas y versos gestados en la sala de internación y la rehabilitación, transformo el trauma en un homenaje a la empatía médica, a la red afectiva que me sostuvo y a la fuerza inquebrantable de volver a florecer.











