
En La historia de mis dientes, Valeria Luiselli construye el universo de Gustavo Sánchez Sánchez en el suburbio mexicano de Ecatepec. Conocido como Carretera, nuestro protagonista no tiene grandes virtudes, puede cantar como Janis Joplin con algunas copas encima, contar hasta ocho en japonés y descifrar galletas de la fortuna. Empleado de seguridad de la fábrica Jumex, el ataque de pánico de un compañero de trabajo abre ante él nuevos horizontes profesionales.
A Carretera lo distingue su habilidad para la subasta, pero no de cualquier objeto; no se dedica al arte o las antigüedades en el sentido estricto de la palabra; su oficio brilla en la subasta de las historias que rodean a los objetos. Para esto, aplica diferentes métodos que explica a lo largo de esta pequeña novela de seis capítulos, cada uno dedicado a uno de ellos. Lo que se subastaba no son los objetos en sí mismos, sino los relatos que le dan significado.
Como lo indica su título, los dientes, del subastador y los subastados, son protagonistas, como muestran las anécdotas para vender los dientes melancólicos de Borges o la dentadura cavernosa de Platón. Pero también son decisivos en escenas de la vida de Carretera: su identidad, su idea del prestigio, y hasta la relación con su hijo Ratzinger, resentido por el abandono de su padre.






