
Partir de la descodificación de los códigos del vivir bien tiene explícitas finalidades políticas. Se trata de mostrar lo potencial que posee la racionalidad indígena frente a los desafíos de la crisis civilizatoria y de un mundo hambriento de alternativas y de una nueva concepción de la vida y del vivir. Por eso planteamos la universalización de estos códigos, como la apelación merecida que los pueblos indígenas tienen de hacerse escuchar en medio de la crisis civilizatoria. Si el para qué de la vida no está resuelto, nada está resuelto. Sobre todo, ahora, que la humanidad se hunde en una de las más graves crisis morales y éticas que se tenga memoria en la historia humana. Negar al indígena como sujeto cognoscente y deslegitimar sus formas de conocimiento constituye el núcleo de lo que hoy reconocemos como colonialidad del saber. No bastó con la expropiación material: fue necesario un epistemicidio que interrumpiera la transmisión de los códigos civilizatorios propios y produjera subjetividades obligadas a pensarse desde categorías ajenas. En este horizonte, la wiphala adquiere un lugar decisivo como meta-código civilizatorio. No como emblema identitario ni como ornamento multicultural, sino como condensación de una lógica relacional fundada en la complementariedad, la reciprocidad y la unidad en la diferencia. Universalizar el Vivir Bien, como propone Rafael Bautista, se trata de abrir la posibilidad de que aquello que fue expulsado del logos moderno por no ajustarse a sus criterios de racionalidad pueda entrar en diálogo con la humanidad, como horizonte ético y político.











